El 5 de septiembre, Día Internacional de las Mujeres Indígenas, es una fecha para reconocer a mujeres que, muchas veces sin reflectores, sostienen a sus familias, preservan la lengua, transmiten conocimientos, defienden el territorio, participan en sus comunidades y luchan diariamente por mejores condiciones de vida.
Pero también es una oportunidad para hacer una autocrítica.
En nuestras comunidades podemos encontrar mujeres que entienden el liderazgo como servicio, solidaridad y construcción colectiva. Son aquellas que saben que ninguna mujer llega verdaderamente lejos si deja atrás a las demás. Su fortaleza está en unir, escuchar, acompañar y abrir caminos para que otras también puedan avanzar.
Pero existe otra realidad: cuando el liderazgo se convierte en ego, protagonismo y competencia, el propósito puede perderse. Creerse indispensable, pensar que solamente una persona posee la capacidad, buscar permanentemente reconocimiento o utilizar una posición para dividir puede terminar generando exactamente lo contrario de aquello que debería representar el empoderamiento: desconfianza, confrontación, resentimiento y ruptura de la comunidad.
Y aquí aparece una pregunta fundamental:
¿Ser inteligente significa tener siempre la razón?
No necesariamente.
La inteligencia también consiste en saber escuchar, reconocer nuestros errores, aceptar que otras personas pueden aportar algo diferente y comprender que el talento individual adquiere verdadero valor cuando sirve al bienestar colectivo.
Una mujer líder no necesita apagar a otra mujer para demostrar su propia capacidad.
No necesita destruir para demostrar que puede construir.
No necesita dividir para demostrar que tiene autoridad.
El verdadero liderazgo indígena debería preguntarse:
¿Cuántas mujeres ayudé a crecer? ¿Cuántas voces hice visibles? ¿Cuántos caminos abrí para las que vienen detrás de mí?
Porque si mi liderazgo solamente produce admiración hacia mi persona, pero también genera división, miedo, desconfianza y enemistades, quizá estamos confundiendo liderazgo con protagonismo.
Y tampoco debemos caer en el extremo contrario: cuestionar a una mujer simplemente porque tiene carácter, ambición o una manera diferente de ejercer su liderazgo. Las mujeres indígenas tienen derecho a ocupar espacios de decisión, a ser fuertes, inteligentes, críticas y protagonistas. La cuestión no es cuánto poder tiene una mujer, sino cómo utiliza ese poder.
La verdadera fuerza está en la unidad
El empoderamiento no debería convertirse en una competencia para demostrar quién es "la mejor". Debe convertirse en una oportunidad para que más mujeres tengan voz, participación y capacidad de decisión.
Porque una mujer que llega sola puede alcanzar una posición; pero una mujer que ayuda a otras a llegar también está transformando su comunidad.
Este 5 de septiembre, más que felicitarlas solamente por ser mujeres indígenas, deberíamos reconocer a aquellas que diariamente trabajan por la familia, la comunidad, la cultura, la lengua y la unidad, y al mismo tiempo reflexionar sobre nuestros propios comportamientos.
La inteligencia sin humildad puede convertirse en soberbia.
El liderazgo sin empatía puede convertirse en autoritarismo.
El poder sin responsabilidad puede convertirse en división.
Pero el liderazgo acompañado de solidaridad puede convertirse en transformación.
Por eso, la pregunta no debería ser:
“¿Quién es la mujer más capaz?”
Sino:
“¿Qué podemos lograr juntas que ninguna de nosotras podría lograr por separado?”
Ese, quizá, es uno de los mayores desafíos del empoderamiento de las mujeres indígenas: pasar del protagonismo individual a la construcción colectiva, sin perder la identidad, la dignidad ni la voz propia.
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